Te cuento mi Historia

Nací a principios de los años 80 en una barriada de Las Palmas de Gran Canaria. Mi madre, una adolescente soltera, se enfrentó a grandes desafíos para criarme, mientras que mi padre biológico, que era mayor y casado, se desentendió de nosotras al enterarse de su embarazo. Desde que tengo memoria, mi mayor deseo fue ayudar a aliviar el sufrimiento ajeno. Recuerdo de pequeña ver imágenes de niños sufriendo hambrunas y no entender cómo el mundo podía seguir su curso mientras existía tal atrocidad. Sentía que el mundo debía detenerse para resolver ese problema. Ahora sé que ese sentimiento de salvadora provenía del dolor propio de que nadie viniera a salvarme.

Mi niñez estuvo marcada por una situación económica muy precaria. Vivíamos con mi abuela, mi tía y su familia, y desde los cinco hasta los nueve años fui víctima de abusos sexuales por parte de dos hombres de la familia. Mi madre, aunque siempre fue una mujer luchadora, cargaba con sus propios traumas, lo que la llevó a una fuerte adicción al alcohol. Se convirtió en una mujer emocionalmente distante y con muy pocas herramientas para la empatía. Ella no podía verse a sí misma, y mucho menos verme a mí.

A los diez años, mi madre comenzó una relación que aún mantiene, con quien considero actualmente mi auténtico padre, aunque no compartamos sangre, ya que me crió como si fuera su hija y me dio el regalo de mi hermana y mi hermano. Gracias a eso, nos mudamos de casa de mi abuela, y la pesadilla de los abusos sexuales terminó. No me canso de agradecerlo.

En la escuela sufrí bullying por varios motivos, había donde elegir: por no tener padre, porque siempre me faltaba material escolar, por ser muy delgada, o por mis rasgos faciales diferentes a los de la mayoría. A pesar de eso, siempre fui una estudiante destacada, y esto se debió a un único motivo: mis buenas notas eran el único momento en que recibía muestras de atención y reconocimiento.

Al llegar al instituto, el bullying se convirtió en maltrato físico, lo que me obligó a transformarme en una adolescente violenta para defenderme y sobrevivir. Mi barrio era muy clasista y machista, y me sentía constantemente atacada desde todos los frentes: o bien porque nunca llevaba la ropa de marca de moda en el momento, o bien porque mi comportamiento no era el que se suponía que debía ser como mujer, aunque seguía siendo una cría de quince años que aprendió demasiado pronto y demasiado bien que para poder ser vista y valorada debía pagar con la moneda de la eterna complacencia hacia los demás, sobre todo hacia los chicos.

A mis veinte años mi padre fue encarcelado, y mi madre cayó en una adicción más fuerte que el alcohol. Entonces, perdimos lo poco que teníamos y me puse a trabajar para mantenerme a mí misma y a mi hermana pequeña. Esta situación duró dos años, hasta que mi padre salió de la cárcel, y volvió con mi madre, quien pudo salir de un mundo del que demasiada gente no sale. No me canso de maravillarme por la fortaleza que tuvo para hacerlo.

Así que, a mis veintidós años, mi familia se mudó a Fuerteventura para empezar una nueva vida, mientras yo me mudaba a Tenerife. Ahí, trabajé duro durante unos años para ahorrar dinero y finalmente pude ingresar a la Universidad de La Laguna a los veinticinco, donde estudié Filosofía. Me convertí en profesora particular de Lógica y Filosofía del Lenguaje hasta los 36 años, y durante ese tiempo también me involucré activamente en colectivos de apoyo a mujeres presas y a aquéllas que habían sufrido maltrato físico y/o abuso sexual. Fue en esa etapa cuando comprendí que, aunque llevaba toda la vida sobreviviendo, mi verdadero proceso de sanación recién había comenzado. Ayudar a otras mujeres me permitió sanar mis propias heridas, ya que nunca recibí ayuda terapéutica profesional. También me permitió entender que llevaba años arrastrando una sutil y normalizada anorexia, que me afectaba enormemente en mis hábitos alimenticios, pero que pasaba muy desapercibida debido a que no incluía una distorsión de mi imagen física -afortunadamente-.

A todas estas, también tuve que trabajar muy duro para deshacerme de esa coraza de chica mala que nunca pegó conmigo pero que tanto me ayudó a sobrevivir. Años más tarde entendí que no era la única coraza que me había puesto, ni la primera…Cuando eres una niña pequeña, y vives abusos sexuales dentro de casa, por parte de dos hombres diferentes, y que son familia -que se supone que deben cuidarte-, y, además, nadie lo ve….solo hay una vía de escape a la locura: la disociación. La única forma que encontré de mantenerme cuerda fue crear un enorme y profundo abismo entre mi cuerpo y yo…hoy por hoy sé que es un mecanismo de supervivencia biológico.

Pero a los treinta y seis años, mi vida dio un giro inesperado -o no tanto-. Comencé a enfermar gravemente, con vómitos, diarreas constantes y una pérdida de peso alarmante. Aunque fui a varios médicos, las pruebas no mostraron nada físico. Mi cuerpo se estaba agotando, y energética y emocionalmente estaba cada vez peor, porque me sentía literalmente desaparecer cada día, pues cada vez estaba más delgada.

Estaba desesperada, sintiendo que mi vida se desmoronaba, hasta que finalmente encontré a una terapeuta que me diagnosticó con candidiasis intestinal avanzada. En solo tres meses de tratamiento, mi salud mejoró drásticamente. La lectura metafísica de mi terapeuta fue tan esclarecedora como obvia: toda una vida de disociación con mi cuerpo y con todas las emociones densas y memorias de dolor grabadas en él, sumado a un sistema nervioso en constante estado de alarma, aliñado con un fuerte instinto biológico de desaparición debido a la marca del incesto…el cóctel perfecto!…la superpoblación de cándidas en mis intestinos estaban convencidas de que me estaban haciendo un favor!

Fue en ese momento cuando comprendí todo. ¡Mi vida cobró mucho más sentido del que había cobrado nunca en cinco años de profunda introspección filosófica!

Decidí dejar la militancia política y el activismo social para dedicarme por completo a aprender nuevas terapias de sanación. Me formé en Kinesiología, Biomagnetismo, Reiki, y otras técnicas que me ayudaron a sanar tanto física como psicoemocional y energéticamente.

Lo que entendí en todo este proceso fue que la sanación del sufrimiento humano empieza por el autoconocimiento y la sanación propios, no por la lucha contra el exterior.

Este fue el más crucial de mis aprendizajes: luchar contra algo solo le da más fuerza, porque actuamos desde el rol de salvadora, como ya dije, para compensar que nadie nos salvó… pero cuando sanas desde dentro, tu energía y tu mirada hacia el mundo cambia y, por ende, el mundo alrededor también lo hace.

Hoy, con la sabiduría adquirida a través de mi propio proceso de sanación y de superación personal, mi propósito de vida, tan claro desde mi infancia, ha encontrado por fin la claridad en el camino a seguir: ayudar a las demás personas a superar sus propios sufrimientos, a sanar sus heridas, y a sobreponerse a sus traumas para poder alcanzar sus propósitos de vida.

Y a hacerlo desde un nivel de Conciencia que me permita recordar en todo momento que no hay nadie a quien salvar, y que agradezco sinceramente todo lo vivido, porque lo que viví me permite conectar con las personas de una manera profundamente empática y visceral…porque lo que viví me ha brindado las herramientas perfectas para comprender y acompañar a quienes pasan por situaciones similares.

Hoy en día me siento feliz, plena, sin rencores en mí, y sin nadie a quien culpar…solo con un nutricio deseo de compasión hacia las personas, de comprensión hacia sus acciones, y de propósito de ser ejemplo y guía hacia la paz interior…porque si algo sé, es que posible es.